
¿Pensabais que el medio de transporte más ruidoso, más contaminante y más destructor del medio ambiente es el automóvil? Pues no,
es el caballo.
¿Cómo un medio de transporte tan romántico y aparentemente ecológico iba a resultar tan gravoso para la humanidad? Pues lo era, y hasta límites grotescos.
A principios del siglo XX, por ejemplo, en la ciudad de Nueva York vivían y trabajaban unos 200.000 caballos. Es decir, 1 caballo por cada 17 personas.
Los carros tirados por caballos atascaban terriblemente las calles, y cuando un caballo desfallecía, se le solía matar allí mismo. Esto causaba más retrasos. Muchos propietarios de establos contrataban pólizas de seguros de vida que, para protegerse contra el fraude, estipulaban que la ejecución del animal la llevara a cabo una tercera parte. Esto significaba esperar a que llegara la policía, un veterinario o la Sociedad Protectora de Animales. Y la muerte no ponía fin al atasco. “Los caballos muertos eran sumamente inmanejables”, escribe el estudioso de los transportes Eric Morris. “Como consecuencia, las personas que limpiaban las calles esperaban muchas veces a que los cadáveres se descompusieran, para poder cortarlos en trozos con más facilidad y llevárselos en carros.”
Además, los caballos que tiraban de carruajes
eran mucho más ruidosos que los coches actuales. El estrépito de las ruedas de hierro y de las herraduras podía llegar a ser tan molesto que incluso causaba numerosos trastornos nerviosos en los vecindarios. En algunas ciudades, en consecuencia,
se prohibió el paso de caballos por las calles que rodeaban los hospitales y otras zonas sensibles.
Sufrir accidentes de tráfico con caballos también era espantosamente común. Los caballos no son fáciles de controlar, sobre todo en calles resbaladizas y abarrotadas. En 1900, pues, los accidentes de caballos acabó con la vida de 200 neoyorquinos, 1 de cada 17.000 habitantes. (En 2007, murieron en accidentes de coche 274 neoyorquinos, uno de cada 30.000: un neoyorquino tenía casi el doble de probabilidades de morir atropellado por un caballo en 1900 que por un coche hoy en día).
Y eso que no se tienen estadísticas sobre carreteros borrachos.
Pero lo peor de este medio de transporte animal era la
contaminación: el estiércol. Un caballo medio producía unos 10 kilogramos de excrementos al día. Con 200.000 caballos, eso equivalía aproximadamente a 2.000 toneladas de estiércol de caballo.
Imaginad la insalubridad que suponía todo este estiércol para la ciudad. Millones de moscas que propagaban enfermedades mortales. Ríos de ratas y otras alimañas que acudían hambrientas a devorar la avena no digerida y otros restos de la alimentación de los caballos. Cultivos para los humanos que encarecían sus precios debido a la inmensa demanda de los caballos. El estiércol también emitía
metano, un
potente gas de efecto invernadero.
Entonces el problema, de repente, se resolvió gracias a una innovación tecnológica que nadie esperaba. Un transporte mucho más limpio y eficiente. El tranvía eléctrico y el automóvil.
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Genciencia